La Opinión de Zamora publica estos días, dentro de la serie de artículos titulados «Zamora en la literatura», testimonios del viaje que el escritor y activo político Ilya Ehrenburg realizó por tierras de Sanabria, concretamente San Martín de Castañeda y Ribadelago. Los extractos del libro que más tarde escribió nos narran de nuevo la pobreza y las injusticias que se vivían en la comarca durante aquellos años. Y aún tenía que llegar la guerra… Nos hacemos eco de algunos fragmentos, el artículo completo puedes leerlo en este enlace.

Ilya Ehrenburg nació en Kiev, entonces Imperio Ruso, en el seno de una familia judía secular de clase media. En 1932 se publicó «España república de trabajadores». El libro es el resultado del viaje de Ehrenburg por nuestro país realizado meses antes, una crónica bañada de desolación y miseria. Uno de los capítulos más impresionantes es precisamente el VI, dedicado al Lago de Sanabria, a San Martín de Castañeda y a Ribadelago.

«(…) La carretera transitable no pasa de aquí. Una senda, un burro. Dos aldeas: San Martín de Castañeda y Ribadelago. Nadie va hasta ellas. ¿Para qué van a ir? Allí no hay nada que comprar, ni nada que vender. Un rincón pintoresco nada más, y la miseria maldita. Y, en España, ni una cosa ni otra son excepcionales.

Sin embargo, San Martín puede vanagloriarse de sus bellezas artísticas. Entre las míseras cabañas se levantan las ruinas de un convento. Columnas románicas. Un nicho. Un ventanal. Hace cien años que los sabios monjes abandonaron el convento. Se dieron cuenta de que el hombre no puede vivir sólo de lo bello y se trasladaron a lugares menos poéticos pero más lucrativos. Los aldeanos no se marcharon. Los aldeanos se quedaron al lado de las ruinas románicas. Pero el monasterio no dejó solamente el rastro de las piedras inofensivas. Dejó también la vieja maldición: el foro. Antiguamente los aldeanos pagaban todos los años un tributo al convento. Los frailes, al mudarse, vendieron este derecho a un señor completamente mundano. Ni más ni menos que como se venden los mueves de una mudanza Los frailes vendieron el foro, es decir el derecho a desvalijar anualmente a los aldeanos. Han pasado casi cien años.

Fotografía de Carlos Saura.

Pablo Picasso con Ilya Ehrenburg en Mougins, 1966

Los aldeanos tienen muy poca tierra: un puñado de tierra, que no es siquiera tierra, sino ´tierriña´. ¿Qué sacarán de ella?… Trescientos treinta habitantes tiene la aldea. Como en todas las aldeas, un sinfín de críos. Aquí, la miseria engendra con la terquedad de los fatalistas resignados. Niños hambrientos. En vez de casas, establos negros, ahumados. Se resiste uno a creer que la gente pueda vivir así toda la vida. ¿Serían fugitivos, víctimas de un incendio? No; son sencillamente españoles contribuyentes. Jamás viene nadie en su socorro. Y años tras año, tienen que entregar a un caballero lejano y desconocido todo lo que consiguen arrancarle a la tierra avara: dos mil quinientas pesetas. ¡Quinientos duros! Quinientos duros para el caballero fantasmal que heredó de su pare, además de otros bienes, el derecho a seguir cobrando el antiguo foro. El afortunado caballero es abogado. Posee una hermosa casa en la aldea, al lado del convento. No tiene muchos clientes, pero los aldeanos han de pagarle anualmente sus quinientos duros, no porque él los necesite, sino porque conoce bien las leyes y sus derechos (…)»

«(…) Al otro lado del lago está la segunda aldea: Ribadelago. Aquí, los aldeanos no tienen que pagar el foro, pero no por ello pasan menos hambre. Aquí, hay todavía menos tierra. Unos diminutos sembrados de patatas, que tal parecen huertos de juguetes. Los moradores de estas aldeas comen patatas y habas. Procuran comer con medida, para no excederse. Cabañas como gallineros, barracones oscuros sin ventanas. Rara vez encienden los candiles. El aceite resulta demasiado caro. En cada guarida de éstas viven seis, ocho, diez personas. Enfermos, ancianos, niños; todos revueltos. Antes había una escuela. Luego trasladaron al maestro y se olvidaron de mandar otro. Y no notan su falta, pues es difícil tener ganas de estudiar con el estómago vacío (…)»

Una de las fotos del reportaje de Ducay y Saura sobre Sanabria. Foto Ducay-Saura.

En 1936, ya iniciada la Guerra Civil, Ehrenburg escribe una durísima carta a don Miguel de Unamuno en la que le echa en cara el retrato que hizo de Sanabria, sin ver más allá de su paisaje.

» (…) Hace cinco años estuve en el pueblo de Sanabria [sic]. Vi allí campesinos martirizados por el hambre. Comían algarrobas, cortezas. A orillas del lago había un restaurante para turistas. Me enseñaron el libro de firmas de los huéspedes. Usted, Unamuno, había escrito en sus páginas unas líneas sobre la belleza del paisaje circundante. Español que hacía profesión de amor a su pueblo, no supo usted ver más allá de las suaves ondulaciones del agua, del óvalo de las colinas. No vio usted los ojos de las mujeres que apretaban contra su pecho a los hijos medio muertos de hambre.»

Un testimonio muy duro de un visitante que en los años 30 quedó marcado por lo que vio. Os recomendamos su lectura completa (accede aquí).