Cada lunes, las calles de El Puente de Sanabria se llenan de sanabreses que visitan los puestos del mercado. Luego, no puede faltar el pincho de pulpo, callos o morro. En mi casa, los lunes eran sinónimos de churros, que ya subían fríos, en un cucurucho de papel de gris. ¡Qué bien nos sabían!

¿Por qué se celebra en ese lugar? ¿Sabías que hay una escultura que rememora sus inicios? Hoy te contamos algunas curiosidades sobre una de las actividades más comunes en Sanabria gracias al libro «El ayer de Sanabria» de Jesús Carnero Pérez.

Cuatro grandes rebollos

Desde principios de la Edad Media, el mercado semanal de Sanabria solo se celebraba en Puebla, como capital de la región. A partir del siglo XIV se comenzaron a celebrar algunas transacciones (principalmente de ganado), al lado del río, en la explanada del actual mercado de El Puente.

Aunque no se conoce la fecha exacta, durante el siglo XVII, los distintos representantes de los pueblos se reunían en El Puente para determinar los impuestos y sanciones por daños que habían de imponerse a los rebaños transhumantes de las Mesetas que, procedentes de Castilla y Extremadura, transitaban por la zona para el aprovechamiento de los pastos de la sierra. El lugar estaba marcado por cuatro grandes rebollos (piedra grande redondeada), como simbólico espacio de reuniones y celebraciones de concejos abiertos.

Este lugar fue cedido por la Marquesa de Benavente, en un terreno de su propiedad junto al río, donde se acordó la formalización y creación de un mercado semanal libre de cualquier carga o gravamen para todos los compradores o vendedores que acudiesen a él. Todo lo cual lo hicieron constar en un documento que fue firmado por los asistentes, haciendo las veces de mesa uno de los voluminosos rebollos.

Como en el mercado de Puebla si cobraban impuestos y además la plaza del El Puente estaba situada en un lugar estratégico, donde confluían gran cantidad de caminos y senderos, al cabo de los años el mercado de Puebla llegó prácticamente a desaparecer.

Una noche, personas no identificadas, tiraron los simbólicos rebollos al río Tera, dicen que para borrar cualquier seña de identidad del origen del mercado.

En el año 1985, por iniciativa del Ayuntamiento de Galende, fueron extraídos del fondo del río y desde entonces lucen sobre un monumento en el centro de la plaza, donde los lunes se suelen aparcar los coches.

El mercado de los domingos en Puebla de Sanabria

Durante los años 50, el Ayuntamiento de Puebla entabló una petición oficial reivindicando su derecho histórico a la celebración de un mercado todos los domingos del año. El Ayuntamiento de Galende se opuso rotundamente y entabló un litigio, que tras varias resoluciones y apelaciones, llegó hasta el Consejo de Ministros, presidido por Francisco Franco.

Durante la sesión del consejo en la que se debatió este asunto, el Ministro de Trabajo apoyaba la posición de Puebla dados los antecedentes históricos que presentaban. En cambio, el Ministro de Comercio, no creía conveniente la celebración de dos mercados semanales en la misma comarca. El asunto quedó zanjado al intervenir Franco: «Los domingos son para descansar e ir a misa, no para celebrar mercados«.

Los lunes, al mercado

Antiguamente, desde las primeras horas del día ya empezaba a observarse el devenir de los vendedores, preparando los puestos, y el penetrante olor a pulpo cocido.

Todas las carreteras, caminos y senderos que desembocaban en la plaza se abarrotaban de gentes: a lomos de caballos, asnos o mulas (con las alforjas llenas), a los cuales traían atados algunos animales vacunos destinados a la venta; a pie, arreando el ganado menor o portando sacos y cestas repletas de huevos, pollos o conejos; carros para el transporte de gorrinos, patatas, frutas, castañas, etc; todos iban llegando y llenando poco a poco el espacio de la gran explanada.

Fotografía de la web de Carnicería El Puta

Los carniceros tenían su zona específica en la que sacrificaban y despiezaban las reses sobre un tajo de negrillo. Sobre una especie de cruces de madera plantadas en el suelo y llenas de ganchos, colgaban las distintas partes de los animales, recubriéndolas con ramajos de humero para preservarlas de las moscas. Sobre los años 20, se instalaron casetas de madera con techos de zinc a lo largo de toda la zona central. Estas casetas disponían de un portón que, al levantarlo, dejaba al descubierto un mostrador para la carne. Todas las reses se sacrificaban ya en un matadero y se transportaban hasta allí en un pequeño carromato tirado por un caballo.

En el mercado, todas las demás mercancías objeto de venta tenían su lugar asignado. La mayor superficie de venta era la del vacuno, que se extendía por la ladera del monte. En otro espacio las caballerías, los cerdos, el ganado lanar y las aves. Las pulperas, con sus humeantes calderos, se situaban detrás de sus respectivas mesas de madera.

Fotografía del mercado de El Puente extraída de Desde Sanabria

Se realizaban transacciones de distintos artículos, casi siempre fabricados o producidos en la zona: grano, patatas, legumbres, linaza, miel, aperos de labranza, calzado, calderería, herramientas y tejidos de lino.

Tampoco faltaban a la cita los artesanos hojalateros; el chatarrero, con toda clase de objetos y herramientas de segunda mano; el herrador con sus trévedes, murillos y rejas para los arados de madera; el vendedor de cayatas y guilladas de avellano; el zapatero con los zuecos de piso de madera para colocarle tachuelas; el botero con sus pellejos y botas para el vino…

Fotografía del mercado de El Puente extraída de Desde Sanabria

Al llegar la hora de medio día, todos se disponían a complacer, en la medida de sus posibilidades, sus respectivos estómagos. La mayoría iba llegando a las tabernas o cuartos para comer las cazuelas de pulpo o el escabeche de tino, acompañado por el pan de trigo de Mombuey y el gran jarro del afrutado y chispeante vino de Vidriales.

Al comienzo de la tarde, los cafés se abarrotaban de gente para degustar el aromático café de puchero y en verano las gaseosa y refrescos refrigerados en nieve de las cercanías de Peña Trevinca que traían en burros las gentes de San Martín. Allí, inmersos en una abigarrada atmósfera de humo y griteríos, se encontraban todos los grupos más representativos de la sociedad comarcal.

Fotografía de la web de Carnicería El Puta

En algunas ocasiones se celebraban impresionantes peleas de toros. Cada pueblo disponía de un semental de propiedad comunal para la inseminación de sus vacas y llegado el momento de su recambio se bajaba al mercado para ser vendido a la mejor oferta o, en ocasiones, era llevado para ser exhibido por su gran estampa y belleza. Una vez el mercado se iba despejando, se comenzaban a gestionar las peleas: el toro de Cobreros contra el de Trefacio, el de Sotillo contra el de Castellanos, etc.

Tras el agitado y festivo día, cuando el sol iba bajando, todos comenzaban a desfilar camino de sus respectivos lugares de residencia; los que vendieron, los que compraron, los enamorados, los que pasearon… todos alegres y contentos por haber disfrutado de un magnífico día. Bueno, todos no, alguno aprovechaban algún escobal para echar una cabezadita y despejar la cabeza tras haber empinado demasiado el codo, hasta que el relente les obligaba a retomar la marcha.